jueves, 15 de enero de 2026

Costumbres ancestrales en San Román de Hornija:


Tradiciones burlescas

 

La cencerrada:

    Cuando se celebraba algún matrimonio en el que alguno de los contrayentes, o los dos, eran viudos, se armaba un follón de padre y muy señor mío. El mismo día de la boda, los mozos iban en ruidosa comitiva a la casa del novio y a la de la novia haciendo sonar cencerros, latas y cacerolas.
A pesar de que la boda se celebraba a primeras horas de la mañana, con el fin de pasar desapercibido tal acontecimiento, no se libraban de la cencerrada. Esta estaba rodeada de gran parafernalia, ya que de camino a la iglesia se metía a los novios bajo un palio hecho con palos y el techo confeccionado con sacos. Los protagonistas de este montaje se disfrazaban de la forma más chabacana posible. De esta forma se les acompañaba hasta la iglesia  haciendo gran alboroto y burla, seguidos de toda la chiquillería, de mozos y adultos.

 

Impuesto al forastero por entablar relaciones con una moza del pueblo:

  Estas costumbres correspondían al comienzo del noviazgo. Se trataba de un impuesto extraoficial por el solo motivo de llevarse un forastero una moza del pueblo. Este pago le permitirá al forastero entrar a formar parte de los mozos de la localidad. No era bien visto que un forastero invadiera el terreno sentimental de la juventud del pueblo. El recaudador de esta especie de tributo era el mozo soltero de mayor edad, el mozo más viejo. Como el pago solía ser en dinero, con él se compraba vino, licores, pastas, etc., y se tomaba en la cantina, a lo que asistían todos los mozos del pueblo.

Esta costumbre daba, a veces, lugar a discusiones cuando el forastero se negaba a pagar. Se le amenazaba, ante tal negativa, con tirarle al pilón, y se oye que alguno fue tirado allí en pleno invierno.

 

Los regueros: 

    En los carnavales y en las meriendas de San Juan surgían dentro de las cuadrillas las parejas. Tales parejas, a veces, se convertían en incipientes noviazgos. El mozo pedía a la chica tal pretensión en el baile y la concesión no siempre era positiva. Ante una respuesta negativa por parte de la chica, que vulgarmente llamaban “calabazas”, dicha pretensión no quedaba en secreto, normalmente ésta se lo comunicaba a sus amigas más íntimas, vanagloriándose de ello, y a su vez para darse mérito. Entonces tal noticia trascendía a toda la cuadrilla, incluso a todo el pueblo. El pueblo recibía tal noticia de forma simbólica en las calles en forma de regueros de paja que partían de la puerta de la vivienda del chico y terminaban en la puerta de la chica. Era una forma de comunicar al pueblo tal rechazo. Los chicos de la cuadrilla llenaban sacos de paja de un pajar propio o ajeno e iban vaciándola por las calles que comunicaban ambas puertas. Las vecinas más madrugadoras, haciendo recados o que iban a por agua al caño, comentaban tal evento de  forma graciosa: ¡Dicen que fulanita ha dado calabazas a fulanito! y gracias a este tan ancestral medio de comunicación había algo más para comentar en el pueblo. Claro está, había un perjudicado, este era el chico pretendiente de pareja o novia, ya que su autoestima quedaba por los suelos..

 

El día de la meada:

    Antiguamente las bodas duraban 2 ó 3 días y el último día era llamado el de “la meada”. Iban a merendar al paraje de las bodegas los contrayentes e invitados. En esto que, al final del ágape los mozos solteros llevaban a la novia a orinar encima de un cardo. Actitud tan ruda y desconsiderada hacia la novia que afortunadamente ha desaparecido.

 

Los lagarejos:

        Este tipo de broma ocurría en tiempo de las vendimias. La uva la recogían con el fin de llevarla a las bodegas con cuadrillas de vendimiadores y vendimiadoras. Cuando estos eran jóvenes, haciendo gala de su buen humor,  hacían los chicos a las chicas, o a veces al revés, los famosos “lagarejos”, Consistía en coger un gajo de uvas y frotarlo por la cara de unos a otros. Casi siempre eran los varones los que tomaban tal iniciativa y todo se aceptaba con el buen humor que caracterizaba las vendimias.

 

Los cacharros:

    En las noches de invierno, tal vez buscando más oscuridad, cuadrillas de chicos y a veces de chicas, aunque era menos corriente, se disponían a arrojar cacharros en el portal de las casas de las chicas, produciendo un ruido estruendoso. Entendemos por cacharros: botijos, barriles, cántaros y demás útiles de cerámica en mal estado, así como bombillas fundidas etc. En aquella época las puertas se abrían nada más empujar, ahora por seguridad las puertas se cierran con llave por dentro, lo que hace que sería ahora más difícil tirar cacharros. A veces alguno de sus moradores se molestaba y salía corriendo detrás de los infractores; sin embargo, esto hacía que esta casa fuera, acaso por morbo, la más frecuentada para estos menesteres.   


    Creo que el tiempo trastoca las costumbres, la manera de pensar y divertirse de las gentes. Seguro que los jóvenes de menos de 50 años actuales quedarán sorprendidos al leer estas tradiciones que se daban en nuestro pueblo: San Román de Hornija, pensarán lo hirientes que resultarían para algunos tales actitudes, sirva como ejemplo: ¿Por qué la mujer o el hombre viudo/a podía ser objeto de burla por el resto de convecinos, al tomar la sana decisión de hacer con sus vidas lo conveniente para ellos, sin tener que dar cuenta a nadie el casarse y tratar de volver a ser feliz otra vez?. Por otra parte, ¿por qué a esa novia, de entonces, en el día más feliz de su vida que era su boda, se la podía someter a realizar una necesidad orgánica humillante e íntima delante de todo el pueblo y en presencia de su reciente marido?

       Estaréis de acuerdo conmigo que: ¡No todo el tiempo pasado fue mejor…

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