viernes, 1 de marzo de 2019

Los monaguillos



Yo también fui monaguillo



    Antes, la mayoría de la gente de mi generación, cuando éramos niños fuimos monaguillos alguna vez. Oficio éste que realizábamos en los albores de nuestra temprana edad. Era una participación de ayuda al sacerdote en determinados cultos y a la vez imprimía en nosotros un espíritu de apariencia, ante los demás, ya que nos considerábamos más mayores al ser capaces de realizar tal cometido. 

    Al principio, nuestra inexperiencia hacía que dependiéramos de las indicaciones de los monaguillos ya veteranos. Podíamos decir que era una responsabilidad o cometido que se iba aprendiendo a través de la observación e imitación a los más mayores, pero una vez que cogíamos experiencia, no había problema para realizar las tareas propias del “monaguillo”, entre otras: acercar el incensario y la naveta con el incienso, acercar la jarra de agua para el ritual del lavado de manos, las vinajeras con el agua y el vino para la Consagración, tocar la campañilla en los momentos oportunos, cuándo sentarse, arrodillarse y cómo acompañar al sacerdote portando la bandeja en el momento de “dar” la Comunión. También éramos unos privilegiados que, sin embargo, abusando de nuestra condición, nos bebíamos de vez en cuando el vino dulce de las vinajeras sin consagrar, por supuesto, lo que suponía, cuando éramos descubiertos, una reprimenda por parte del cura.

    Participábamos los monaguillos ayudando al oficiante, nosotros decíamos “vamos a ayudar a Misa”, en una época donde la misa era la Tridentina, oficiada exclusivamente en latín. Al principio, nuestra inexperiencia hacia que dependiéramos de la indicaciones de los monaguillos ya veteranos. El sacerdote oficiaba en latín (nosotros contestábamos sin saber lo que decíamos, porque desconocíamos por completo el latín) y en la cual el sacerdote estaba en su mayor parte de espaldas a los feligreses, salvo los saludos y las lecturas que las hacía de cara a ellos. La Misa no comenzaba en el Altar, sino en las escaleras de subida al Altar, con el “Introito”. Recuerdo aquellas incomprendidas palabras resonando en aquel silencio y el alto techo de la iglesia de nuestro pueblo.

    Gracias al Concilio Vaticano II, iniciado por el Papa Juan XXIII, tan silenciado en estos días, pasamos a la apertura del castellano y altar en el centro, lo que permitió abrir nuestras mentes con una participación más cercana al oficiante, y además se introdujeron nuevas canciones como: “Tu palabra me da vida”, Pescador de hombres”, “Vaso nuevo“, “Qué alegría cuando me dijeron”, “Una espiga dorada por el sol”, “No podemos caminar” etc., considerando las canciones como otra forma de orar.

    Nuestras funciones no consistían exclusivamente en la sencilla y rutinaria tarea de ayudar a misa. Debíamos también tocar a misa, aunque esto lo hacían generalmente los chavales mayores. Una de las funciones más singulares del monaguillo era la de acompañar al cura en los entierros, igualmente participábamos en las bodas y bautizos; en una palabra aprendimos a discernir estados de tristeza de otros de alegría. Refiriéndonos a bodas y bautizos, al terminar la ceremonia acechábamos a padres y padrinos en busca de alguna propina que pudiera mejorar aquellas humildes economías, como premio a nuestra participación como acólitos. También nos llegaba alguna moneda de 10 céntimos a la semana aportada por el cura, aunque dicho emolumento dependía de la generosidad de éste.

    En la sacristía nos esperaban, para los grandes días de fiesta litúrgica, las sotanas rojas y los roquetes blancos que nos revestíamos para salir en procesión. Tres monaguillos íbamos delante, uno portando la Cruz y los otros un candelabro alto cada uno. Detrás iba otro monaguillo, con la naveta e incensario, acompañando al sacerdote.

    Recuerdo que existía en la sacristía un atril de madera que sólo se usaba en los funerales y que se cubría de un ornamento negro para tales oficios. Era tradición que las distintas generaciones de monaguillos escribieran allí, a lápiz, su nombre. Siempre me sorprendió la permisividad del cura que hacía “oídos sordos” ante tal hecho. A veces, pienso que tal tolerancia podía ser un gesto de agradecimiento ante servicios prestados, o tal vez por motivos estadísticos, donde quedara reflejado las distintas generaciones de monaguillos que habían colaborado con nuestra parroquia. 

    Decía más arriba, que balbuceábamos un latín tosco, sin saber lo que decíamos: ”Et cum spiritu tuo”, “Gloria tibi Domine”, “Deo Gracias”, “Amen” etc.., pero si aprendí el significado de palabras como: alba, amito, casulla, capa pluvial, roquete, estola, hisopo, incensario, naveta, birrete, crisma, misal, ambón, cáliz, patena, atril, palio, ángelus, vísperas, sacristía, ánimas, etc. Son historias que forman parte de mi infancia, como evocación de aquel muchacho de pueblo que fui.

    Ahora apenas hay monaguillos que colaboren con los sacerdotes en la celebración de la Santa Misa, así como en la administración de los sacramentos, actividad infantil que está en extinción. En la actualidad parece que está resurgiendo en algunas iglesias dicha participación infantil, dando paso a la incorporación de niñas como monaguillas.