La cencerrada:
Cuando
se celebraba algún matrimonio en el que alguno de los contrayentes, o los dos,
eran viudos, se armaba un follón de padre y muy señor mío. El mismo día de la
boda, los mozos iban en ruidosa comitiva a la casa del novio y a la de la novia
haciendo sonar cencerros, latas y cacerolas.
A pesar de que la boda se celebraba a primeras
horas de la mañana, con el fin de pasar desapercibido tal acontecimiento, no se
libraban de la cencerrada. Esta estaba rodeada de gran parafernalia, ya que de
camino a la iglesia se metía a los novios bajo un palio hecho con palos y el
techo confeccionado con sacos. Los protagonistas de este montaje se disfrazaban
de la forma más chabacana posible. De esta forma se les acompañaba hasta la
iglesia haciendo gran alboroto y burla,
seguidos de toda la chiquillería, de mozos y adultos.
Impuesto al forastero por entablar relaciones
con una moza del pueblo:
Estas
costumbres correspondían al comienzo del noviazgo. Se trataba de un impuesto
extraoficial por el solo motivo de llevarse un forastero una moza del pueblo.
Este pago le permitirá al forastero entrar a formar parte de los mozos de la
localidad. No era bien visto que un forastero invadiera el terreno sentimental
de la juventud del pueblo. El recaudador de esta especie de tributo era el mozo
soltero de mayor edad, el mozo más viejo. Como el pago solía ser en dinero, con
él se compraba vino, licores, pastas, etc., y se tomaba en la cantina, a lo que
asistían todos los mozos del pueblo.
Esta costumbre daba, a
veces, lugar a discusiones cuando el forastero se negaba a pagar. Se le amenazaba,
ante tal negativa, con tirarle al pilón, y se oye que alguno fue tirado allí en
pleno invierno.
Los regueros:
En los carnavales y en
las meriendas de San Juan surgían dentro de las cuadrillas las parejas. Tales
parejas, a veces, se convertían en incipientes noviazgos. El mozo pedía a la
chica tal pretensión en el baile y la concesión no siempre era positiva. Ante una
respuesta negativa por parte de la chica, que vulgarmente llamaban “calabazas”,
dicha pretensión no quedaba en secreto, normalmente ésta se lo comunicaba a sus
amigas más íntimas, vanagloriándose de ello, y a su vez para darse mérito.
Entonces tal noticia trascendía a toda la cuadrilla, incluso a todo el pueblo. El
pueblo recibía tal noticia de forma simbólica en las calles en forma de
regueros de paja que partían de la puerta de la vivienda del chico y terminaban
en la puerta de la chica. Era una forma de comunicar al pueblo tal rechazo. Los
chicos de la cuadrilla llenaban sacos de paja de un pajar propio o ajeno e iban
vaciándola por las calles que comunicaban ambas puertas. Las vecinas más
madrugadoras, haciendo recados o que iban a por agua al caño, comentaban tal
evento de forma graciosa: ¡Dicen que fulanita ha dado calabazas a
fulanito! y gracias a este tan ancestral medio de comunicación había algo
más para comentar en el pueblo. Claro está, había un perjudicado, este era el
chico pretendiente de pareja o novia, ya que su autoestima quedaba por los
suelos..
El día de la meada:
Antiguamente las bodas
duraban 2 ó 3 días y el último día era llamado el de “la meada”. Iban a
merendar al paraje de las bodegas los contrayentes e invitados. En esto que, al
final del ágape los mozos solteros llevaban a la novia a orinar encima de un
cardo. Actitud tan ruda y desconsiderada hacia la novia que afortunadamente ha
desaparecido.
Los lagarejos:
Este tipo de broma ocurría
en tiempo de las vendimias. La uva la recogían con el fin de llevarla a las
bodegas con cuadrillas de vendimiadores y vendimiadoras. Cuando estos eran
jóvenes, haciendo gala de su buen humor, hacían los chicos a las chicas, o a veces al
revés, los famosos “lagarejos”, Consistía en coger un gajo de uvas y frotarlo
por la cara de unos a otros. Casi siempre eran los varones los que tomaban tal
iniciativa y todo se aceptaba con el buen humor que caracterizaba las
vendimias.
Los cacharros:
En las noches de
invierno, tal vez buscando más oscuridad, cuadrillas de chicos y a veces de
chicas, aunque era menos corriente, se disponían a arrojar cacharros en el
portal de las casas de las chicas, produciendo un ruido estruendoso. Entendemos
por cacharros: botijos, barriles, cántaros y demás útiles de cerámica en mal
estado, así como bombillas fundidas etc. En aquella época las puertas se abrían
nada más empujar, ahora por seguridad las puertas se cierran con llave por
dentro, lo que hace que sería ahora más difícil tirar cacharros. A veces alguno
de sus moradores se molestaba y salía corriendo detrás de los infractores; sin
embargo, esto hacía que esta casa fuera, acaso por morbo, la más frecuentada
para estos menesteres.
Creo que el tiempo trastoca las costumbres, la manera de pensar y divertirse de las gentes. Seguro que los jóvenes de menos de 50 años actuales quedarán sorprendidos al leer estas tradiciones que se daban en nuestro pueblo: San Román de Hornija, pensarán lo hirientes que resultarían para algunos tales actitudes, sirva como ejemplo: ¿Por qué la mujer o el hombre viudo/a podía ser objeto de burla por el resto de convecinos, al tomar la sana decisión de hacer con sus vidas lo conveniente para ellos, sin tener que dar cuenta a nadie el casarse y tratar de volver a ser feliz otra vez?. Por otra parte, ¿por qué a esa novia, de entonces, en el día más feliz de su vida que era su boda, se la podía someter a realizar una necesidad orgánica humillante e íntima delante de todo el pueblo y en presencia de su reciente marido?
Estaréis de acuerdo conmigo que: ¡No todo el tiempo pasado fue mejor…!