miércoles, 3 de mayo de 2017

Aquellas cartas de puño y letra


Declive del lenguaje epistolar





Los trazos caligráficos se han convertido en una reliquia. Hoy recordamos con nostalgia aquellas cartas escritas de puño y letra, esas que contenían sentimientos trabados en las lomas y los valles de los trazos. Daba igual que los renglones se manifestasen torcidos, lo importante es que reflejaban la personalidad del remitente. El poder de un simple párrafo escrito de puño y letra era fantástico
Al recibir una carta, aparte de la alegría que te producía su recepción, imaginabas las circunstancias en que te la habían escrito. Cuando pasa el tiempo y vuelves a releer sus líneas en las cuartillas ya amarillentas,  notas aún los latidos del corazón azul de la tinta. La misma sensación que te produciría una flor seca guardada entre las hojas de un libro.  
Ya casi no se escriben cartas a puño y letra. El teléfono, por su automatismo y popularización, dio un duro golpe a las cartas  Al final la llegada de internet ha terminado dispersando las cuartillas de los escritorios.  Los jóvenes abandonan  este noble medio de comunicación y se dedican  a ejercitar compulsivamente los pulgares sobre los teclados de sus móviles, encriptando el lenguaje con un esqueleto de signos y amparándose en la ley del mínimo esfuerzo. 
Las cartas tradicionales se revestían de formalismos, de frases hechas que rodeaban como un envoltorio el  contenido del mensaje. La fecha, el saludo introductorio: querido, apreciable, estimado… según grado de afecto y relación. Los dos puntos y aparte y la primera coletilla que se hizo tan popular: “Espero que a la llegada de esta os encontréis bien, nosotros quedamos bien  gracias a Dios”, o similar. El cuerpo o meollo: “sabrás por la presente que ….” y la despedida con la graduación que correspondiera: abrazos, besos o saludos, según los vínculos que nos unieran al destinatario. Para remate, la postdata, esa perchero tras la firma, donde se colgaban los olvidos.
Vivimos en una época en la que prima la celeridad del correo electrónico, Facebook, Twitter o el WhatsApp y sumergirse en las profundidades de una carta manuscrita es casi un viaje antropológico. Nunca renunciaremos a estos nuevos sistemas de comunicación, bien empleados, pero sentimos gran nostalgia ante la desaparición de aquel lenguaje epistolar.
Una carta es un medio de comunicación escrito por una persona (emisor - remitente) y enviada a otra persona que está lejos (receptor - destinatario).  Es un texto funcional cuya información y diseño facilitan su propósito que generalmente está relacionado con la solución de un problema específico, o la manifestación de unos sentimientos La carta nos sirve para comunicar a otra persona nuestras ideas y pensamientos, contar historias, dar noticias, expresar sentimientos, informar, etc. Con el lenguaje de las cartas se proyectaba la cultura de quien la escribía según su redacción, estilo, ortografía etc.
Ahora la mayor parte de las cartas que recibimos son comerciales, de bancos, de compañías eléctricas u organismos administrativos. Fríos estándares que anuncian subidas o reclaman cobros con un lenguaje engorroso y sibilina redacción disfrazada de  amenazas. “Por la presente comunico a usted …”.
Las  entrañables son las familiares, las de amor o amistad.  Esas que se guardaban atadas con una cinta y en sus líneas se adivinaban las manos y las miradas de quienes las escribieron. Las que releídas después de muchos años nos siguen evocando momentos inolvidables cuando las circunstancias ya no son las mismas. Allí, entre los renglones de las cuartillas amarillentas por el tiempo, permanecen  unos sentimientos que un día nos conmovieron y que por eso  las  hace únicas e irrepetibles. Prefiero esas cartas de antes escritas a mano, las que  empezaban por la fecha y acababan con la firma. En el centro el conjunto de sentimientos que iban derramándose a través de la tinta. 
Nadie ignora (mejor dicho: algunos han olvidado) que las cartas manuscritas fueron alguna vez reinas y señoras de la conversación entre ausentes. Aquellas costumbres que el meteórico avance de las nuevas tecnologías parece haber erradicado de nuestras vidas. Un hábito -tan cotidiano en otras épocas- que sirvió para decirse tantas cosas. Según las estadísticas: seis de cada diez españoles no recuerdan la última vez que recibieron una carta manuscrita o postal.
En lo personal, amo ambas formas de comunicación. Adoro las nuevas tecnologías –las utilizo a diario y creo que son herramientas altamente democratizadoras- pero también aprecio la tinta y el papel.
Un recuerdo para aquellos carteros de nuestro pueblo, hoy desaparecidos: José Gallego, así como mis primos Vítores Cabezudo y su hermano Luis. Ellos con su presencia en nuestras puertas, en aquellas época, nos aportaron la ilusión y alegría de poder recibir nuestras primeras cartas.
Y aunque el espacio (si da para más) se despide, por hoy, de ustedes con un cordial saludo este amigo suyo, actualmente “bloguero”, que lo es.
                                                      
Alfio Seco Mozo

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