miércoles, 7 de enero de 2009

Personajes Ilustres.2 - D. Aurelio Viñas Navarro

Personajes Ilustres.2 - D. Aurelio Viñas Navarro

Hoy recogemos, en “San Román de Hornija en el tiempo”, unos cuadernos de viaje que en 1989 escribió Bernardo Víctor Carande, visitando San Román en busca de testimonios de nuestro ilustre paisano: Aurelio Viñas Navarro, profesor de la Universidad de Valladolid y más tarde también profesor de la “Sorbona” de París. Es el eterno desconocido en San Román pero fue una gran figura de la Historia, Filosofía y de las letras. Escribió muchos libros entre los que destacamos: “Lecturas Históricas españolas” con su gran amigo Sánchez Albornoz. Hacemos compromiso de publicar aquí en su día su biografía.
Agradecemos la colaboración de Manuel Torres que nos manda este artículo. Nos consta, que Manolo, como testimonio del amor que profesa a su pueblo, recopila todo que se publica de San Román y llega a sus manos. Ese cariño hacía su pueblo se acrecienta poniéndolo al alcance y compartiéndolo con los demás en este humilde “blog” ¡Gracias!

¡Ya no hay quien les olvide!

BERNARDO VICTOR CARANDE

A ellos (Aurelio Viñas, Blas Ramos Sobrino, Galo Sánchez..…), porque están olvidados, pasa el tiempo, y los que los pudieran recordar ya no existen. Un poco así como a sorprender este olvido he llegado hasta el Duero y he subido al Carrión, pues lo que queda, casi -pese a todos los desmanes, o pese a ellos- es el paisaje.
Antes de comer en 4 Calzadas ya tarde -¿cuatro calzadas a dónde?- sobre la cresta de la meseta, tras Fresno Alhándiga y Beleña, despedí temprano, al salir de casa, al manquito matutino, al manquito jubilado que todas las mañanas sale a orearse de su pueblo, La Albuera, y se cruza conmigo. Hoy voy más lejos; "Subo a los orígenes. También crucé el Pantano de Alcántara sequísimo, y hasta estuve en Hervás. Las cosechadoras -estamos ya en mayo -descienden hacia el Sur.
En Cuatro Calzadas, “Restaurant” hay mucha carne. El castellano se bajó de la cornisa, a donde lo replegaron los moros, hambriento. Todavía no ha empezado el viaje para mí. A la altura de Alaejos tomaré hacia Toro para llegar a San Román de Hornija. ¿Cómo será la patria de Aurelio Viñas? El no estará, pero ya estoy acostumbrado. Ni la bibliotecaria de Hervás (palentina ella) ni el delegado municipal de Cultura (que me pidió un original) estaban. Tampoco logro hablar por teléfono con el Archivo de Simancas, que Simancas está lejísimo... de Hervás, ni con el Bar Chinarro del muelle de Barcarrota. ¿A quién se le ocurre llamar por teléfono, éstos tiempos, de Extremadura a Extremadura?
Hay paso, por el Duero, de Castronuño a San Román, me dicen en aquel pueblo que no engaña, primero -seguro- fue castro (romano, cartaginés, íbero, celta, hacia atrás...), por su situación estratégica, sobre el Duero aquí, en la curva amplia, majestuoso y plácido... y luego de Nuño, Don Nuño, el cristiano, felón o no. Que se dedicó, tras la reconquista precisa, a la vid. Es pueblo minado de bodegas que, como tantos de Castilla, se quedó sin viñas, «pero el vino se trae; lo que no se puede mudar es la bodega ...», me explica un amable interlocutor, regador él con manguera (y agua del padre Duero) de un mirador ajardinado sobre el acantilado fluvial. A la delantera de la iglesia de hoy, la que limpian las señoras del pueblo que el domingo hay comuniones, que ayer sólo era ermita. La iglesia -los datos tienen la misma procedencia- estaba donde la escuela (que tampoco es nueva, tiene por lo menos 40 años) pero la terminaron, por lo vieja que estaba, de derruir. «Si -me reconoce- se puede ir a San Román de Hornija (de donde también viene vino, que aún quedan viñas) por ahí -y me señala el puente de la presa- y por un camino, no bueno, pero hacedero... que llegará usted a San Román, si no se sale».
Si no se sale. No se me van sus palabras. Estos castellanos son cómo son. Prudencia. Me tomo un té en «El Triángulo» (de Castronuño). A su puerta los pensionistas de inerte tertulia. El sol calienta atormentado. Se hacen y deshacen nubarrones. Un tractor Same Mercury 85 a la puerta, y dos coches alemanes, el uno con matrícula de Valladolid, el otro de Badajoz -dejé atrás Salamanca hace ya tiempo- y una fila de chalets adosados en construcción. Como unos 1.400 habitantes y ahora -mayo aún- muchas casas vacías, que se habitarán al verano. Pasé como dije, por la ermita-iglesia, guiado por una señora local y afectiva, me tutea, «por ahí no llegarás, da la vuelta... hasta luego». Tiene, lo único, los dientes feos. Y en la ermita aseo, fregona y escoba en mano, como conté. Bajo una nube de polen que no abandonará del Duero al Carrión, proveniente, a la fecha, del chopo canadiense.
La presa, que existe, represa. No sólo agua, de ahí la magnificencia fluvial anterior, también porquería (que la presa funciona) y peces, que la porquería debe ser muy buena para ellos. Hay muchos pescadores y existe el camino, al igual de asfaltado que bacheado (o sea, por bachear) hasta San Román. Encinas por la vega, pinos, riegos y hasta toros bravos. San Román, no es Castronuño.
Estoy parado ante la iglesia, también en parte) románica. A su lado un caserón de adobe y mirador, antiguo convento. Seguro que allí se celebraban, si no lanzas, capeas. Se hunde. Un niño ha salido de la iglesia y se sienta a la puerta. En lá fachada los aros de baloncesto. En San Román a quien conocen es a don Bernardo Barbajero, deán que fue de la Catedral de Madrid (1918), a cuyo nombre están las «Escuelas católicas gratuitas». Lo de Aurelio -Aurelio Viñas Navarro- les suena, pero poco. Acaso quede algún Navarro. Me informan, poco pero amabilísimamente, una señora transeúnte con su bastón, que malluguea algo, y el panadero. El panadero, helo aquí, vende diariamente -mañana lo comprobaré- sus panes y dulces en Palencia. En la nueva plaza de abastos -no en la metálica que inauguró ni abuelo don Manuel cuando era teniente de alcalde-, Avenida de Santander, 26. Los toros que he visto son de un salamanquino, de Aldeanueva, que arrendó pastos al Ayuntamiento. También se queja, y amargamente, el panadero, de la sequía, «unos trigos que tengo... yo también siembro...».
San Román está por los 540 habitantes, pero va para adelante, «nadie se va...» Y, por cierto, en la iglesia hay dos piedras que un arqueólogo sevillano vino desde Sevilla, nada menos, por lo importantes que eran, a verlas. Voy a entrar. No puedo. La iglesia está cerrada y no quiero volver a molestar, dado que es el mismo panadero -a lo mejor resulta que también es el alcalde- quien tiene la llave, según me indica un niño rubio -Aurelio Viñas de niño- con pulcritud y castellanía. Así que me voy a Toro. Las tormentas a la derecha. Son las siete de la tarde.
En Toro, a donde llego no como don Nuño y sus mesnadas, sino por un inapropiado bacié, hay una estatua a Fray Diego de Deza, una fundación cultural González Allende, otra, Villachica, y un ciclo de cine de aventuras. Eso de lo moderno que de lo antiguo lo mejor, no se podría contar, es irlo a ver. Y está, cuando vuelvo al coche, como queriéndose poner a llover. Desde la cabina, antes, le conté el casó (Castronuño, Viñas, San Román, .Toro ...)
a mi madre. A Sevilla.

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