domingo, 5 de marzo de 2017

Las fiestas de los pueblos colindantes


La Fiesta de la Magdalena en Villafranca del Duero



Todos los pueblos de Castilla, dentro de la estación veraniega, celebraban y celebran sus fiestas locales. Era visita obligada, y participación de los jóvenes de los pueblos colindantes, a aquél donde se celebraba dicho festejo. Así los jóvenes, y no tan jóvenes, de San Román participábamos de esas actividades festivas de los pueblos vecinos: Toro, Castronuño, Pedrosa del Rey, Casasola de Arión  y Villafranca del Duero.

Una de las primeras fiestas a las que asistíamos era la del 22 de Julio, festividad de María Magdalena y se celebraba en Villafranca del Duero. Los pormenores y peculiaridades que guardamos de la asistencia festiva a éste pueblo nos dejaron unos recuerdos y una huella que merecen hoy ser contados.

Villafranca del Duero dista de nuestro pueblo apenas 5 Km., pero esa pequeña distancia geográfica que nos separaba se veía más lejana a causa del curso del río Duero que divide dichos pueblos. Entonces no disfrutábamos de puentes, como el que existe en la actualidad en la “Presa”, ni tampoco había coches; la única manera de cruzar el río, que marcaba una barrera u obstáculo entre la comunicación de ambos pueblos, era a través de barcas que unían ambos márgenes u orillas. No eran barcas que se dedicaran exclusivamente a tal comunicación o travesía entre ambos pueblos, eran casi siempre barcas de pescadores de San Román, que de forma extraordinaria nos transportaban  ese día festivo a la otra orilla a cambio de un estipendio por travesía con el que conseguían mejorar su débil economía de sacrificados pescadores de agua dulce.

¡Quién no recuerda las barcas del Sr. Tasio “El Balerio” y la del Sr. Bertilio! Ambos hacían de su profesión la pesca con red de barbos, boas y demás seres vivos que les permitía la rica fauna, en aquella época, del río Duero. Los peces los vendían en San Román o en pueblos próximos llevándolos en grandes “cestañas” de mimbre.

Hasta el embarcadero llegábamos desde San Román en burros y los más aventajados lo hacían en bicicleta. Los burros los atábamos a pequeños y espontáneos arbustos, que surgían en ese margen derecho del río, y allí permanecían a la espera de nuestro regreso. Las barcas nos comunicaban con Villafranca mediante un peculiar y, a veces, arriesgado viaje. Los especialistas en pilotar tales naves lo hacían mediante varales largos que apoyaban en el fondo del río y mediante una especie de palanca conseguían navegación venciendo la corriente del propio río. A veces, casi siempre, por excesiva carga, llegaba a entrar agua en las barcas y había que sacarla con alguna lata, antes de de conservas, o algún recipiente en forma de cazo.

Por la tarde, disfrutábamos en Villafranca del peculiar y típico espectáculo taurino, tan característico y similar a casi todos pueblos de Castilla. Por la noche había baile de salón con unas características y costumbres tan singulares que le diferenciaban del resto de los bailes de otros pueblos de la comarca, A diferencia de otros lugares, donde se bailaba bajo una petición a la joven entre una pieza y otra, aquí en pleno baile era un deambular de bailadores pidiendo intercambio de pareja, lo que se llamaba “La fía”. Se trataba de una costumbre ancestral establecida en este pueblo y consistía en hacer un cambio o rotación de bailadores a las chicas del baile, sin ninguna opción o decisión por parte de éstas; solamente requería una petición, aparentemente educada al bailador anterior, que sólo admitía el simple y abreviado formulario ¿Por favor? Muchas veces surgían peleas ante la negativa del primer bailador a tal cambio a causa de una buena complicidad con la bailadora, aunque dicha actitud chocaba frontalmente con todo lo que conllevaba dicha costumbre, asumida como ley por todos los jóvenes del lugar. Ante tales negativas algunas veces había fuertes peleas sin llegar la sangre al río Duero próximo.

 Dicho formulario de pedir baile coartaba toda libertad e iniciativa de la mujer para bailar con quien quisiera. La chica era un ente pasivo y sin decisión, dada la tiranía del hombre a elegir la bailadora que le interesaba, así como la que ejerciese en él algún poder de atracción. Dudo, porque lo desconozco, que tal costumbre esté en vigor en la actualidad ya que estos comportamientos eran fruto del machismo exacerbado de aquella época.    

El regreso, a altas horas de la madrugada, aumentaba los riesgos de dicha navegación, debido principalmente a la obscuridad de la noche, así como alguna copa de más que llevábamos tanto barqueros como tripulantes, circunstancia por la que, tal vez, no intuíamos tal peligro. Hay que hacer notar que la mayoría no poseíamos ninguna técnica de natación. Gracias a Dios, nunca ocurrió desgracia alguna en tan arriesgada y peculiar travesía, y así, quizás por morbo, volvíamos a acudir, el siguiente año, a aquel ambiente festivo tan singular y típico de la Magdalena en Villafranca del Duero.